Refrescos: ¿Qué daños provocan en la salud?

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A pesar de las recomendaciones para limitar el consumo de refrescos, aún millones de personas en todo el mundo ingieren hasta un 20% de sus calorías en formas de estos líquidos.

Por otra parte, la obesidad infantil se ha multiplicado de forma notoria estimándose que al día de hoy hay 42 millones de niños menores de 5 años con exceso de peso. En España, el estudio Thao reportaba en 2014 proporciones del 20% de niños con sobrepeso en la franja de 3 a 5 años.

¿Son solo calorías vacías?

Nuestras necesidades calóricas no son ilimitadas. Tanto en los adultos como en los niños, dependen de muchos factores además de la edad: constitución y actividad física, estímulos hormonales…Pero en cualquier caso, son las que son, y cuando se superan el exceso se acumula en el organismo en forma de grasa.

Más aún, cuando se satisfacen con productos poco nutritivos, es decir calorías que no aportan nutrientes, queda menos “espacio” o hambre para las calorías procedentes de alimentos que sí aportan fibra, vitaminas, ácidos grasos esenciales… De esta forma se explica la malnutrición creciente hallada en adultos y niños con sobrepeso y obesidad. ¡Van sobrados de energía pero les faltan nutrientes!

El consumo de bebidas blandas calóricas encaja en este supuesto porque aportan cantidades variables de sacarosa o jarabe de maíz rico en fructosa, pero las investigaciones revelan que sus efectos sobre la salud van más lejos.

¿Y cuáles son las consecuencias para la salud de la ingesta reiterada de bebidas azucaradas?

Una lata de estos refrescos aloja la cantidad equivalente a cuatro o cinco sobrecitos de azúcar. Son calorías vacías porque no cuentan con otras aportaciones destacables.

El organismo necesita mantener el nivel de azúcar en la sangre (glucemia) dentro de ciertos márgenes. Sin embargo, el azúcar de los refrescos se digiere y absorbe rápidamente elevando los niveles sanguíneos.

El páncreas debe responder arrojando insulina, que es la hormona que retira la glucosa de circulación y la introduce en las células. Pero, algo más tarde, cuando caen los niveles de azúcar en sangre sobreviene un apetito voraz con hambre de más carbohidratos.

El consumo regular de refrescos azucarados se ha asociado en algunos estudios a mayor riesgo de diabetes tipo 2, a tensiones arteriales más altas y por tanto a un mayor riesgo cardiovascular.

Además existen trabajos que demuestran que la energía consumida en forma líquida es pobremente reconocida por el sistema regulador del balance energético, lo cual bien puede desembocar en una ingesta “involuntaria” y excesiva de energía. Se diría pues que cuando tomamos alimentos en forma líquida, el organismo no anota el mismo cómputo calórico que cuando ingiere las mismas calorías procedentes de alimentos sólidos: no generan la misma sensación de saciedad.

Es cierto también que las personas, incluidos los niños, que suelen consumir refrescos azucarados tienden igualmente al consumo de comida rápida y a estar más tiempo ocupados ante las pantallas. Ninguna de estas tres conductas es de gran ayuda para combatir la obesidad.

Bigornia y su equipo de colaboradores acaban de presentar un robusto estudio publicado en 2015, donde el consumo de refrescos azucarados correlaciona además con la ganancia central y total de la grasa o adiposidad en los adolescentes. Es decir, al margen del mayor o menor aumento de peso, las bebidas azucaradas contribuirían a aumentar la circunferencia de la cintura.

¿Qué evidencias tenemos?

En 2012, la prestigiosa Revista New England Journal of Medecine publicaba un estudio experimental muy revelador. Un equipo de investigadores holandeses, liderados por Janne C. De Ruyter, diseñó un estudio de intervención, que son los que proporcionan las evidencias más sólidas en las que basar las inferencias o deducciones de causalidad.

El ensayo clínico “aleatorizado” se controló en doble ciego (ni el observador ni el observado conocían a cuál de los dos grupos se les había asignado) con el objetivo de demostrar que la sustitución de las bebidas azucaradas por otras no calóricas puede disminuir la ganancia de peso en los niños.

El método de doble ciego es muy útil para evitar el sesgo que puede aparecer cuando unos u otros intuyen lo que se espera que ocurra (en este caso cuál es el refresco que está ligado a una mayor ganancia ponderal). Sólo así pueden sospecharse los mecanismos fisiológicos determinantes que intervienen en el resultado independientemente de los cambios voluntarios de ingesta y de conducta que, de lo contrario, podrían aparecer.

Fuente:  Yahoo.com

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